Una foto en la pared

Actualizado: 14 de sep de 2020

Yo cursé la EGB. Allí no me enseñaron a hacer la declaración de la renta, a buscar trabajo, a hacer caso a mis sanos instintos, ni a formarme en lo que me apasiona; porque allí solo memorizábamos.

Recuerdo que una de mis clases favoritas, porque se me pasaba volando, era religión; y que me parta un rayo tres veces si hay algo en mi sentir que coincida con La Iglesia. Pero la profesora impartía la clase como una historia entretenida e interesante. Era divertido escuchar esos relatos, para mi de ciencia ficción, en los que había personajes apasionantes. Creo que sin la Biblia, ni los grandes clásicos griegos, no existirían las historias de Superhéroes tal y como las conocemos.

Algo curioso, teniendo en cuenta esto, es que solía suspender Sociales, donde nos daban historia de España y el Mundo. Pero claro, el profesor Martín se limitaba a tenernos leyendo párrafos de uno en uno en la clase, para luego hacer exámenes en los que tenías que memorizar al pié de la letra todo lo que venía en el tochaco ese del libro azul oscuro.

Al final aprobé, porque tenía memoria fotográfica y escribía todo tal cual venía en el libro, sin comprender ni importarme nada de lo que estábamos cursando.

Cuando un niño suspende historia, siendo las historias lo que más le motivan, es que algo están haciendo mal en el colegio. Y creo que hoy en día la cosa no va demasiado desencaminada de aquello.

Mi colegio público tenía tres cosas buenas: La primera es que estaba frente a mi casa y podía dormir un poco más que mis compañeros por las mañanas. La segunda es que repitió de curso la chica más guapa del colegio y le tocó cursar en mi clase. La tercera es que había diversidad. Y eso ayuda, porque al hacerte adulto compruebas que eres capaz de mirar a los demás y no fijarte, ni hacerte preguntas siquiera, sobre su color de piel, su sexualidad, su sexo o sus ideas. Simplemente les ves como iguales, sin plantearte nada más.

Eso sí, había algo extraño en esa sutil y discreta enseñanza sobre la igualdad entre seres humanos; en las clases había un cuadro con una foto de un señor con un traje, que recuerdo militar, o marinero, y unas cuantas medallas en el pecho. Un señor que llamaban Rey y que, al parecer, era un señor muy importante, porque estaba en todas las aulas, luciendo sus galones.

Por lo visto era un señor más importante que nosotros, los chiquillos que andábamos por el patio dándonos patadas, o intercambiando cromos. O tal vez era un cromo premium que venía de regalo en algún bollicao enorme y exclusivo para profesores. El caso es que ahí estaba, mirándonos fijamente, analizándonos y espiándonos desde la pared para que no copiáramos en los exámenes ni cometiéramos ningún pequeño delito. Qué cosas, ¿no?

Desconozco si ahora han cambiado la foto por la de su hijo. ¿Alguien puede aclarármelo?

Cuento esto como anécdota porque me parece algo curioso y simbólico para analizar un poco la sociedad actual, cosa que no voy a hacer por falta de conocimientos, de tiempo y de ganas. No os preocupéis, no voy a aburriros.

Pero tal vez nos sirve también como punto de partida para imaginar un poco.

Me pregunto si los adultos de hoy, esos que ahora vivimos la crisis del Coronavirus en primera persona y con la consciencia que tenían nuestros padres cuando el golpe de estado, el VIH, el crimen de Alcácer, Aquí hay tomate, o el 11s y la guerra de Irak, hubiéramos sido diferentes de haber cambiado aquel cuadro en la pared.

Imaginaos que además de un señor con medallas, hubieran puesto, por ejemplo, una foto diferente en cada clase: un científico importante, un artista, un filósofo, un arquitecto, un granjero, o un médico. De todos los sexos, razas, colores, estados civiles y niveles económicos. Simplemente personas importantes en muchos ámbitos diferentes. Y digo importantes, no famosas, que también, ¿por qué no? Pero hablo de personal de limpieza, sanitarios, conductores, maestros, músicos, escritores, bomberos, astronautas, jardineros, misioneros, emprendedores, o cualquier persona honrada que se ganara la vida haciendo algo por el resto del mundo y dando ejemplo con sus actos.

Imaginaos que hubiéramos crecido viendo a diario la referencia de alguien así. Viendo cómo esas personas eran merecedoras de un puesto de honor, con su fotografía colgada en lo alto de la pizarra del aula de 4ºA. ¿Hubiera cambiado nuestra sociedad actual? ¿Seríamos diferentes en una realidad alternativa en la que solo cambiara el cuadro que colgaba de las aulas de miles de niños? ¿Recordáis eso del efecto mariposa? Quién sabe.

Que este país siempre ha estado dividido es un hecho, pero que los adultos de hoy no hemos vivido esos odios en primera persona también lo es. Así que, ¿por qué tenemos que traerlos al presente?

Últimamente leo mucho odio en las redes sociales. Las tendencias de Twitter se llenan a menudo de hashtags que transmiten rabia al que consideran diferente.

Cada bando te dirá que no se van a quedar callados mientras los otros les provocan o hacen cosas que no ven comprensibles, ni justas. Y es lógico posicionarse en extremos en un país sin pensamiento crítico, así generalizando. Pero estoy seguro de que si tuviéramos la capacidad para sentarnos en una habitación a escuchar pacientemente al de enfrente, podríamos llegar a entendimientos.

Sé que esto suena utópico, flojo, aburrido… pero es un pensamiento que creo necesario.

Los acontecimientos de los últimos días hacen pensar que esto es imposible, que no hay vuelta atrás y que hay personas dispuestas a recuperar esos viejos odios con tal de no curarse sus demonios internos, cosa que yo no he conseguido aún, pero coño, la intención es lo que cuenta. El odio es el camino fácil y cobarde, y pocos valientes se para a escuchar al que consideran enemigo.

El pensamiento autocrítico desaparece como desaparecía el mundo de Fantasía en La Historia Interminable, arrasada por La Nada. Algo inevitable que asolaba ese maravilloso lugar, avanzando lentamente de un modo aterrador, convirtiendo mágicos paisajes en la oscuridad más absoluta.

Esa Nada, llena ahora nuestras mentes a través de las frivolidades de las redes sociales o el miedo que transmiten las noticias, anestesiando nuestra motivación.

Pensamos como La Nada quiere que pensemos.

No intento dar un discurso conspiranóico. No hablo de una entidad suprema que nos tiene adormecidos. Hablo de que para nosotros es mas fácil ese estado latente de vivir la vida como quien ve pasar un tren, antes que hacernos las preguntas adecuadas para ser felices y hacer felices a los demás.

Estoy haciendo una comparativa con una historia de fantasía, así que no vengáis con que los Iluminati tal, o los Masones cuál, ¿eh? Somos nosotros los que tenemos conectado el piloto automático.

La libertad de cada uno termina cuando empieza la de los demás, y esto se nos olvida habitualmente.

Ser comprensivos y entender los argumentos del otro nos ayuda a crecer, y al hacerlo nos daremos cuenta de que tal vez tengamos que darle la razón en algo.

Somos un país demasiado acostumbrado al capataz. No hemos superado eso de sentirnos más capaces, provechosos y válidos cuando el señorito de la finca premia nuestro trabajo. Necesitamos una foto en la pared.

Necesitamos mandatarios que nos marquen la ruta a seguir. Necesitamos que nos convenzan de qué leyes son las moralmente justas, o que nos den la excusa perfecta para odiar al que propone cambios, porque nos aterran. No somos capaces de andar hacia delante teniendo al lado a alguien que nos hace de espejo o nos enseña otra forma de ver el camino. No podemos permitir que alguien que consideramos diferente a nosotros camine hacia el mismo objetivo, que además es el mismo para todos. Todo el mundo es competencia de todo el mundo, a no ser que nos lo pongan facilito. Y así nos vamos alejando hacia los extremos, no vaya a ser que la vida nos haga cuestionarnos nuestra propia moralidad.

Vivimos la etapa que nos ha tocado vivir. Hagámoslo fácil. Nosotros, los que aplaudimos por la ventana escuchando al Dúo Dinámico y luego insultamos al vecino porque piensa diferente. Nosotros, hagámoslo fácil, por favor.

Somos los cimientos de todo esto.

Hagámoslo de tal modo que una fotografía nuestra pudiera merecerse un puesto en la pared de algún colegio público en el futuro; si es que llegamos al futuro con colegios públicos.

E.Ciudad.

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